Érase una vez dos amigos llamados Pepe y Juan que vivían en un pequeño pueblo. Pepe era el mejor del lugar manejando la pala. Tenía unos fuertes brazos que le permitían manejar la herramienta con agilidad, y era capaz de sacar kilos de tierra de una sola vez. Juan, sin embargo, prefería el pico. Se comentaba que no había roca que resistiese sus poderosos golpes.
Una tarde de verano decidieron hacer entre los dos el agujero más grande del mundo a las afueras del pueblo. Cada uno fue a por su herramienta y ese mismo día se pusieron manos a la obra. Juan picaba el suelo y rompía las piedras que se encontraba a su paso, mientras que Pepe recogia la mezcla de tierra removida y gravilla. Ambos estaban muy ilusionados con su nuevo proyecto y se juntaban cada día para cavar, por lo que el agujero creció rápidamente.
Pasaron los meses y el agujero siguió creciendo. Un dia, Juan empezó a darle vueltas a lo que estaba haciendo. –“¿Cual es el sentido de cavar el agujero más grande del mundo?” –reflexionaba. Pero no quería decepcionar a su amigo Pepe, que no pensaba en otra cosa, por lo que siguió picando cada dia. Sin embargo, ya no le dedicaba tantas horas ni picaba con tanta fuerza.
Crecía el agujero con el paso del tiempo, aunque a un ritmo mas lento que antes. Además, cuanto más profundo era el agujero más duras eran las rocas y más compacta la tierra. Juan ya no picaba con las mismas ganas que antes, y Pepe lo empezaba a notar. –“¡Dale mas fuerte, Juan!” –gritaba. Y Juan golpeaba con todas sus fuerzas durante unas horas. Pero ya no creía en el agujero, y alcabo de un rato su ritmo volvia a bajar.
Llegó un momento en el que las piedras eran demasiado duras para continuar. Ese dia Juan se había ido a su casa hace unas horas y Pepe se habia quedado cavando, como venia siendo habitual últimamente. Como veía que no era capaz de sacar más tierra con su pala, cogió el pico. –“Este agujero no puede fracasar!” –se decía a si mismo. “¡Algún día será el mas grande y profundo del mundo, estoy seguro!”. Pero un picar también requiere técnica, y a pesar de su fuerza apenas era capaz de arrancar algunas piedrecillas de las grandes rocas.
Cada noche, enfadado, Pepe se volvía a su casa. Se culpaba a si mismo de que el agujero no avanzaba. –“No soy lo suficientemente fuerte” –pensaba. Al día siguiente picaba durante más tiempo que el día anterior, pero sin resultado alguno. De tanto picar le empezaron a doler los brazos, y ya ni si quiera era capaz de cavar. Pronto comenzó a desilusionarse, e incluso se comportaba de manera extrana con su gente mas cercana. Al cabo de un mes, decidió dejar el agujero y también dejo de ver a su amigo Juan.
Si algún día os acercais al pueblo de Pepe y Juan, podéis ver todavia el agujero que cavaron. Ya no es tan profundo, pero sigue ahí, como si fuese una marca o una cicatriz.

Y es que hay cosas en la vida que se tienen que hacer entre dos. Por mucho que se esfuerce una de las partes, sin la otra no hay nada que hacer. En esos caso es mejor no culparse a uno mismo, sino pensar que no pudo ser y dejar que la brisa levante el polvo que, poco a poco, irá cubriendo el agujero.




