Durante estos días que he pasado en la playa me he fijado en la gente que compra en la heladería y he llegado a la conclusión de que hay dos tipos de personas muy diferentes.
Por un lado están los que siempre eligen su helado del mismo sabor. Si les gusta el chocolate siempre piden una tarrina pequeña de chocolate, sin darle si quiera una oportunidad a alguno de los otros 25 sabores que se ofertan. Me gusta el chocolate. ¿Por qué me voy a arriesgar a probar el helado de yogur? ¿Y si luego no me gusta? —piensan. Y así pasan verano tras verano, hartándose de chocolate, sin saber que el helado de yogur les volvería locos.
En el extremo opuesto están los que siempre prueban nuevos sabores. Dame un cono mediano de dulce de leche y pistacho —piden al heladero. Creen que si no prueban todas las opciones nunca podrán saber cual es su preferida. El problema es que cuando han acabado nunca recuerdan exactamente cual fue el helado que más les gustó, ya que normalmente dudan entre dos o tres. Incluso hay veces que cuando quieren repetir ya se ha gastado ese sabor. Cuando les pasa eso, eligen otro sabor cualquiera o simplemente se piden un vasito de granizada de limón.


