La Gran Compañía

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De lunes a viernes suelo comer en la cafetería de La Gran Compañía. Aunque hay distintas comidas —sandwiches, hamburguesas, burritos, pizzas, ensaldas…— yo suelo optar por la primera opción y comerme un sandwich. De tanto comer sandiwches me hecho amigo de el señor y la señora que los preparan. El señor se llama Juan y es de Perú. Hace unas semanas su coche se quedó sin batería y yo le ayudé con mi coche y unas pinzas. La señora es de Israel y se llama Sisi o algo así. Me cuenta que sus hijos estudian en un colegio bilingüe español/inglés, y que hablan entre ellos en español cuando no quieren que su madre se entere de lo que están diciendo. Nuestra amistad es tan grande que cuando compro un sandwich de pollo me pone dos trozos en vez de uno, mientras con el dedo me hace el gesto de que no diga nada.

El miércoles, como de costumbre, fui a comprar mi sandwich. Me atendió Sisi (la voy a llamar así, aunque no estoy 100% seguro de que sea su nombre), pero en vez de preguntarme que tipo de pan deseo esta vez me dijo:

-¿Te puedo hacer una pregunta personal?

-Claro —respondí.

-¿Tendrías algún problema en salir con una chica judía?

-Esto… no, claro que no. ¿Por qué lo dices? —pregunté confundido.

-La chica que cuida de mis hijos es judía y estudia medicina en UW. Tiene 22 años y está a punto de acabar. Es muy guapa y sus padres tienen mucho dinero. Esta noche cuando venga a casa le voy a hablar de ti.

Este es el tipo de cosas surrealistas que sólo me ocurren a mi. La señora de los sandwiches buscándome una novia judía. La verdad es que no sabía muy bien que dónde meterme, así que respondí:

-Sí, hoy quiero pan integral, lechuga, tomate…

Os mantendré informados si hay novedades.

WFH, OOF

Para mi gusto, lo mejor de trabajar para la Gran Compañía es que no hay un horario fijo de trabajo. No se trabaja de 7:00 a 15:00 como en una empresa tradicional, sino que cada cual es libre de ir y marcharse de su oficina cuando quiera dentro, claro está, de unos límites, ya que a veces hay reuniones importantes a las que hay que asistir. En teoría cada empleado debe trabajar 8 horas al día, de lunes a viernes, aunque en el fondo lo importante es que realice el trabajo que se le ha asignado.

Otra gran ventaja es la posibilidad de trabajar desde casa. Utilizando tu tarjeta de identificación de la Gran Compañía y un ordenador con conexión a Internet puedes conectarte en cuestión de segundos a tus ordenadores de la oficina. De esta manera, si un día te surge un imprevisto o simplemente está nevando y es peligroso conducir, puedes trabajar cómodamente desde casa.

Para mi todo esto es un lujo, una bendición. Si un martes por la noche salgo de fiesta y me acuesto a las 2:30, no hay ningún problema: me levanto a las 11 y llego un poco más tarde a casa. Si voy al gimnasio, puedo quedarme hasta que me apetezca: no tengo que acabar más o menos tarde para estar a la oficina a una hora concreta.

Tampoco hay que presentar ningún documento si te pones enfermo o vas al médico. Con mandar un e-mail a tus compañeros para decirles que te encuentras mal y no vas a ir a trabajar, y luego rellenar un pequeño formulario en la Intranet es suficiente. La Gran Compañía confía en tí; saben que amas tu trabajo. De hecho, muchos de sus empeados no utilizan sus días de vacaciones (sí, no me lo estoy inventando) porque no lo ven necesario, porque prefieren ir a sus oficinas.

Sin embargo, hay gente que “abusa” de estos privilegios. Vemos un par de ejemplos reales ocurridos HOY:

 

Mensaje 1: OOF (Out Of oFfice)

“OFF hasta la 1 porque tengo que llevar a mi cuñado al aeropuerto.”

Efectivamente, llegó a la 1, pero a las 4:30 ya se había marchado.

 

Mensaje 2: WFH (Work From Home)

¨WFH porque mi novia está enferma.¨

Si está enferma tu hija de 3 años, tiene sentido. Si lo está tu novia DE 25 AÑOS, no.

 
 

A pesar de estos casos, cuando monte mi propia empresa me gustaría no tener horarios y que mis empleados trabajasen por objetivos. Creo que esta forma de trabajar tiene mucho más sentido en la industria informática que la del horario tradicional. En mi opinión, es mejor que un trabajador termine su trabajo en los plazos previstos aunque trabaje 3 horas al días desde su casa a las 12 de la noche que tenerle en la oficina leyendo el Marca y mamoneando durante 8 horas. La pregunta que me hago es, ¿sería posible implantar algo así en un país como España?

La Gran Compañía (a partir de ahora la llamaré así, en honor al Gran Centro Comercial) tiene cafeterías en algunos de sus edificios. Las cafeterías tienen varias secciones donde sirven distintos tipos de comida: sandwiches, ensaladas, hamburguesas… Coges lo que quieras y pasas por caja, donde una amable señorita (en el 90% de los casos mexicana) te cobra y te da un rasca en el que te pueden tocar descuentos para tus próximas comidas, una bicleta u otros premios.

Yo suelo comer en la cafetería de mi edificio, que se encuentra justo al lado de mi oficina. Compro mi comida, la pago, y cuando me la he terminado vuelvo a la cafetería y me compro una manzana. Lo de no comprar la manzana y la comida a la vez es en ocasiones fruto del despiste, pero también hay veces que lo hago premeditadamente para así conseguir dos rascas en vez de uno. Que le vamos a hacer, me gustan mucho esas tonterías.

El caso es que a base de comprar manzanas la cajera mexicana se empezó a fijar en mi. Además, desde que la hablé en español, me empzó a hablar siempre que pagaba.

-¿Por qué siempre compras primero la comida y luego una manzana? —pregunta.

-Es que soy un chico muy despistado contesto yo con una sonrisa.

A base de repetir este comportamiento, la cajera se empezó a enamorar de mi. La primera vez que me di cuenta de esto fue un día que me compré un sandwich de pollo con el pan más caro. Al pagar, la cajera me dijo:

-Te lo voy a cobrar como un sandwich vegetariano de pan bimbo. Así te ahorrarás $1.

-¡Muchas gracias! respondí.

-De nada. ¿Vas a venir luego a por tu manzanita?

-Claro.

A la semana siguiente, la cajera mexicana tuvo un nuevo detalle:

-Toma, unos rascas premiados que he conseguido. Con esto te ahorrarás dinero en tus próximas comidas. Por cierto, ¿cuál es tu oficina?

-Es la que está en la esquina de ese pasillo. Está muy cerca de la entrada de la cafetería le expliqué mientras señalaba a la puerta.

-Ah, qué bien respondió ella.

Lo de la oficina me lo ha preguntado ya varias veces. Desde entonces temo que la cajera mexicana, cuando menos me lo espere, se presente en mi oficina para invitarme a tomar un café. Y digo “temo” porque es bastante fea. Si fuese rubia y guapa, ya la habría invitado yo.