septiembre 2008

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Siento haber tardado tanto en actualizar el blog. Llegué a Seattle el lunes por la noche y he estado bastante liado estos días. Además, hasta ayer tenía que escribir sentado en el suelo y mi espalda no soportaba mucha escritura en el ordenador. Ahora mismo estoy en el aeropuerto esperando a que salga mi vuelo hacia Albuquerque, sentado en un Starbucks y escribiendo este post desde mi portátil como un auténtico americano :P

El viaje se me hizo un poco largo, especialmente el último vuelo. Era un avión muy estrecho y me tocó en el asiento del medio con un tipo de dos metros musculoso. Estaba incómodo, cansado y para empeorar aún más las cosas había un niño pequeño en el otro lado del pasillo que estuvo todo el viaje llorando. Un infierno.

Por fin llegué al aeropuerto de SeaTac y allí estaba Amadeo esperándome con su Pontiac blanco. Después de una media hora de autovía y cuestas llegamos al apartamento.

Vistas desde mi habitación

El sitio está genial, especialmente mi habitación que es la más grande y tiene baño. El salón también es muy amplio y las vistas son muy buenas porque está en el último piso. Sin embargo, los únicos muebles que había en la casa eran nuestras dos camas. Para a los que esto le sorprenda, explicarles que en Estados Unidos las casas se alquilan siempre sin amueblar. Cuando te mudas alquilas todo en un camión, metes todo lo que te quieras llevar a tu nueva casa y vendes el resto.

Nuestra oficina improvisada

Al día siguiente por la mañana fui a abrir una cuenta en el Bank of America. Me atendió un señor asiático, pero me pasó con su compañera  en cuanto le dije que era de Microsoft. Me dieron la mejor cuenta del banco, sin comisiones, con todo tipo de cheques gratis y demás ventajas que no entiendo. Además, no dejó de hablarme de lo orgullosos que deberían de estar mis padres y de lo bien que hablaba inglés (mentira). Se ve que cuando los del banco sabes que vas a ingresar $5000 todos los meses en su cuenta, te dan un trato especial.

Mi cama. Amadeo decidió comprarme un juego de sábanas y edredón de la marca Roxy porque le gustaron y no sabía que eran para chicas. Que mieeeeerda :P

Una vez arreglados este y otros temas bancarios y legales estuve dando una vuelta por el barrio, Capitol Hill. Mucha gente “rara”, muchos homosexuales y mucha comida orgánica, pero es una zona llena de vida que me gustó mucho. Capitol Hill y la comida orgánica también merecen un post aparte, así que no entraré en más detalles de momento.

Por la tarde fui con Amadeo a IKEA. Nunca había ido a IKEA y estaba muy emocionado. Sin duda, todo ser humano debería ir una vez en la vida a IKEA para desarrollarse completamente como persona. Es un gran almacén con flechas en el suelo que tienes que ir siguiendo. A los lados te vas encontrando habitaciones, cocinas y salones muy bonitos. ¡Incluso tiene cafetería para comer! Si te gusta un mueble, apuntas su número en un papel. Al final del camino de flechas llegas a una nave donde puedes encontrar los muebles que te gustaron buscándolos por su número. Están todos en cajas marrones que ocupan sorprendentemente poco comparadas con el mueble que habías visto, pero tu las echas al carro. Por último, llegas a las cajas (como las de un supermercado) y pagas.

Creo que Amadeo y yo nos emocionamos o algo así, porque compramos de todo: mesa y sillas para el salón, taburetes, lámparas, cajoneras, mesas para el ordenador… El caso es que cuando llegamos al coche no cabían los muebles. Habíamos salido los últimos, IKEA ya estaba cerrado y no quedaba nadie por allí. Y nosotros rodeados de cajas, con el coche lleno de más cajas y sin saber que hacer. Finalmente decidimos llamar a dmicol (se llama Daniel Micol, pero le llamamos siempre dmicol, en minúsculas), un chaval de Murcia que también trabaja en Microsoft, que acudió a nuestro rescate con su flamante Honda Civic con asientos abatibles.

Problemas en el IKEA

Más problemas en el IKEA

En estos últimos días me he convertido en un experto montador de muebles de IKEA. Para montar una simple silla tienes que seguir 20 pasos, pero al final te quedan unos muebles bastante chulos (y que parece que pueden romperse en cualquier momento). Poco a poco el apartamento va pareciéndose a un apartamento, aunque todavía el salón está lleno de cajas marrones. ¡Al menos ya no tengo que conectarme a Internet sentado en el suelo!

¡Las cosas han mejorado un poquito!

Ahora me voy a Albuquerque con Bob y el moruno. El moruno ya he dejado a Lucy (BIEN!), pero aún así sigue por allí y me ha prometido que me preparará banana bread cuando vaya. Ya os contaré si cumple la promesa…

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¿Miedo?

Mucha gente me ha preguntado últimamente si no me da miedo marcharme a vivir tan lejos, dejando atrás familia y amigos. Pues bien, voy a intentar responder a esa pregunta.

Tu familia siempre estará ahí, por eso es tu familia. Tus amigos, si son amigos de verdad, te recibirán con los brazos abiertos aunque no los hayas visto en los últimos tres años. Por lo demás, me espera una nueva ciudad que descubrir, un trabajo interesante en el que tendré como compañeros a los mejores del mundo en su profesión, un buen sueldo y hasta un compañero de piso que, además de ser un buen amigo, habla mi idioma, lleva seis años viviendo en los Estados Unidos y puede echarme una mano cuando lo necesite.

¿Miedo? Lo que de verdad me daría miedo sería pasar los próximos diez años de mi vida en Cáceres o en mi pueblo.

 

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